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Una ciudad en el corazón de la historia gabaliense

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Vista de Langogne El Langouyrou

Los verdaderos orígenes de Langogne siguen siendo en gran parte desconocidos. Los primeros vestigios históricos de su existencia se remontan al siglo II o III antes de nuestra era. Estos provienen de inscripciones grabadas en cerámicas fabricadas en Banassac, una pequeña localidad galorromana situada no muy lejos de La Canourgue.

Varios ejemplares de estas cerámicas, que hoy se conservan en diversos museos, llevan la inscripción: Lingonis feliciter («Saludos a los habitantes de Langogne»). Evidentemente, esta dedicatoria iba dirigida a una población ya considerable. Por tanto, se puede deducir que eran lo suficientemente numerosos como para formar una verdadera aglomeración. Sabiendo que una ciudad nunca surge de forma espontánea, resulta lógico admitir que su fundación se remonta a una época muy anterior a la ocupación romana. Al igual que Aulo Hircio, lugarteniente de Julio César, solo cabe lamentar que los gábalos ignoraran el arte de la castrametación y no dejaran ningún vestigio de edificaciones que pudiera arrojar luz sobre el nacimiento exacto de la ciudad.

A veces se ha planteado la hipótesis de que la capilla de Nuestra Señora del Todo-Poder (Notre-Dame de Tout-Pouvoir) podría ser un edificio mucho más antiguo. Con un poco de imaginación, algunos han querido ver en ella un antiguo templo pagano, transformado posteriormente en un oratorio cristiano primitivo antes de ser incorporado a la nave de la iglesia benedictina. Sin embargo, esta suposición es muy frágil: el único elemento que la sustenta es el hundimiento de sus cimientos, situados aproximadamente a un metro por debajo del nivel del pavimento actual del santuario.

Río Le Langouyrou

El Puente Viejo, antiguamente llamado «puente de Peyre» (ya sea que este nombre haga referencia a los materiales de su construcción, a un topónimo local o al nombre de un propietario ribereño), lleva innegablemente la impronta, el estilo y la forma arquitectónica típicos de las obras romanas de este tipo. Sin embargo, ha sufrido tantas remodelaciones a lo largo de los siglos que resulta muy difícil atribuirle una fecha de fundación precisa.

Por otra parte, la región no alberga ningún vestigio de «villa» romana comparable a lo que se encuentra en Javols o Florac. Tampoco se observan en ella los materiales característicos de la artesanía transalpina: mármoles, ladrillos vidriados, tejas romanas, cerámicas, mosaicos ni ornamentos de bronce.

Se ha sugerido la idea de un asentamiento primitivo de Langogne cerca del castrum de Mont-Milan, pero no hay pruebas concretas que respalden esta hipótesis. La ausencia total de rastros de viviendas, necrópolis, sarcófagos o túmulos —así como la supuesta existencia de un asentamiento lacustre en el pantano de la Ponteyre— no permiten sostener esta teoría. Por el contrario, la conocida predilección de los galos por los valles resguardados de los vientos y cercanos a cursos de agua explica de forma mucho más razonable la elección de instalar la ciudad a los pies y al amparo de la colina de Beauregard, en el valle del Langouyrou, por motivos de comodidad doméstica. La presencia de un cruce estratégico, desde el primitivo vado de este arroyo, también debió favorecer la creación de este asentamiento para facilitar los intercambios y el tráfico de rutas.

Valle del Langouyrou

El nombre original de Langogne, derivado del Langouyrou («arroyo largo»), confirma igualmente su arraigo ancestral a orillas de este río. La derivación del nombre celta Lengouôgno, posteriormente afrancesado como Langogne, pero cuya sonoridad original se ha conservado a través del patois local, facilita su análisis etimológico. En efecto, tomando como referencia el sustantivo ru (pequeño arroyo), se observa que la pronunciación latina de la «u» como «ou» transforma ru en rou. Esta terminación en -ou es, por otra parte, muy frecuente en la toponimia de la región (Badaroux, Chapeauroux, Auroux, Congourou, Langouyrou). Además, sabiendo que los galos divinizaban los cursos de agua considerándolos dioses o diosas, se deduce que la calificación de «madres» atribuida a estas últimas permitía transcribir el término celta o bajo-bretón naehe como na o nae en latín. Tales mutaciones son frecuentes: se encuentran en Bourbonne (de Borbonaehe), el Huveaune (Uvelnae), Pradelles (Pratellae) o Fontanes (Fontanae). Así, la designación celta Longouy (rou) evolucionó de manera natural hacia Longouy (naehe), que, al latinizarse como Longouy (na) y bajo el efecto de una yod palatal, se convirtió en el término latino Lingonia. Esta palabra no es otra que el patois Lengouôgno y el francés actual Langogne.

Mercado cubierto de Langogne

Un detalle complementario respalda esta tesis lingüística: la terminación occitana -nh, equivalente al -gn francés, se encuentra a menudo en los nombres propios del Gévaudan (por ejemplo, Cogoluène proviene de Gogolùenhe), lo que refuerza la lógica de la transformación de Lengonaehe a Langogne. La gran verosimilitud de esta etimología permite descartar definitivamente las suposiciones aventuradas de algunos historiadores, que parecen haberse copiado prudentemente sin un gran esfuerzo de investigación.

El abad Pourcher y el Sr. Ignon, de una forma un tanto simplista, derivaron este nombre de la palabra latina ligo (azada), la cual, paradójicamente, es de origen germánico (houwa). A través de intrincadas alteraciones de la palabra ligonia, fabricaron de la nada la palabra lingonia para llegar, de un modo incomprensible, a Langogne. Esta interpretación, desprovista de una base sólida, suscita fuertes objeciones. La principal reside en lo absurdo que resulta emplear una raíz latina para dar nombre a una ciudad gala, cuando los autóctonos gábalos solo hablaban celta y desconocían hasta la existencia del latín. Además, es evidente que no habían esperado a la invasión romana para bautizar su propia aldea. ¿Acaso las dedicatorias de los alfareros de Banassac no prueban de forma irrefutable su existencia mucho antes de la llegada de las legiones de César?

Asimismo, aunque ligo designa la azada, este verbo latino también significa «atar, enlazar, unir, juntar». Habría sido, por lo tanto, mucho más elegante, en lugar de dar a la ciudad el nombre de un apero de labranza, suponer que el gábalo se había «unido» o «apegado» a su tierra, y que el nombre de la ciudad corroboraba ese profundo sentimiento de afecto. El ditirambo del Sr. Grasset, que exalta «el desbroce del suelo con la azada, cuna de la ciudad», no basta para validar este hallazgo etimológico bajo el único pretexto de que en el escudo de armas de Langogne aparecen dos azadas. ¿Acaso había olvidado que la heráldica y la creación de dichos blasones datan tan solo del siglo XI, lo cual es demasiado tardío como para haber inspirado el nombre de la ciudad?

Valle del Allier

Más cautelosos, los Sres. Cord y Viré se conforman con recordar la inscripción latina encontrada en las cerámicas de Banassac, sin aventurarse en arriesgadas investigaciones etimológicas. El Sr. Lhermet, aunque un eminente latinista, confiesa por su parte no haber encontrado absolutamente nada en los Comentarios a la Guerra de las Galias referente a Langogne, ni siquiera una simple mención del lugar. Es cierto que Julio César tampoco menciona el Mont-Milan, lugar en el que, sin embargo, acamparon sus legiones y que con toda probabilidad fortificaron convirtiéndolo en un oppidum (una plaza fuerte natural). El Sr. Lhermet no ve, además, ninguna relación etimológica posible entre el latín ligo y el celta Lengouôgno. En cambio, se inclinaría por la hipótesis de un vicus situado inicialmente en el Mont-Milan, que más tarde habría sido trasladado a la llanura. Era costumbre de los romanos, una vez dueños de una región, destruir los oppida montañosos y reubicar los asentamientos en los valles por estrictas medidas de seguridad.

¿Acaso la antigua Bibracte no fue sustituida por Augustodunum (Autun), y Gergovia por Augustonemetum (Clermont-Ferrand)? Además, puesto que el Sr. Lhermet cree firmemente en la pasada existencia de un lago en La Ponteyre (a los pies del Mont-Milan) y en su desecación por los romanos —una tesis, no obstante, muy improbable—, imagina que los «dioses de las aguas» habrían encontrado finalmente asilo en la confluencia del Langouyrou y del Allier. Quizás llevaron consigo una antigua estatua imaginaria, una representación bicéfala de una divinidad druídica pagana. Mediante una suposición muy audaz, este ídolo celta se habría convertido más tarde en la Virgen del actual santuario cristiano. Si bien esta leyenda del traslado de la ciudad y de su icono pagano posee un innegable encanto poético, no deja de ser una pura fantasía hipotética, carente de cualquier base arqueológica probatoria.

Historia de Langogne

La presencia romana en el territorio de los gábalos está histórica y firmemente demostrada desde el año 27 a. C. hasta el año 472. Paradójicamente, queda muy poca información sobre esta extensísima dominación, que transformó el país en una auténtica colonia sometida a la esclavitud, doblegada bajo la severa ley, las costumbres, la lengua y la religión del poderoso vencedor.

El periodo que siguió, aunque hizo nacer la esperanza de una emancipación política y religiosa, se vio muy pronto ensombrecido, por desgracia, por las invasiones bárbaras (visigodos, francos) y, posteriormente, por una sucesión de reyes incompetentes que arrastraron a Francia a la era feudal. Estas profundas convulsiones no mejoraron en absoluto el destino cotidiano de este pequeño pueblo recluido en las abruptas montañas del Gévaudan, que solo había hallado una paz muy relativa gracias a la expansión y la estructuración del cristianismo.

Intentar determinar los verdaderos orígenes de la humanidad es una búsqueda tan desconcertante e incierta como adivinar su destino final. Si el creyente acepta la idea de una creación a la luz de los dogmas y los textos fundacionales, el escéptico, por su parte, admite a menudo su impotencia para desentrañar el gran misterio de nuestros orígenes. Solo nos queda entonces la inmensa suerte de descubrir algunos vestigios arqueológicos para intentar arrojar algo de luz sobre este problema insondable.

Vista de la ciudad de Langogne

El periodo histórico que conocemos con certeza se remonta a apenas cinco o seis mil años antes de nuestra era; más allá de eso, todo es incertidumbre y conjeturas. Es cierto que la geología y la arqueología (sin ponerse siempre de acuerdo, dicho sea de paso) se esfuerzan por ampliar constantemente los límites de nuestro conocimiento. Pero, si bien hoy nos resultan familiares las inmensas transformaciones de nuestro planeta, al igual que la evolución del universo, los descubrimientos científicos aún no han logrado establecer con certeza absoluta el origen exacto del ser humano ni la época de su verdadera aparición.

En el estado actual de la ciencia —que evoluciona y ajusta sin cesar sus paradigmas al compás de los nuevos hallazgos—, se sitúa la presencia del ser humano evolucionado a finales de la época musteriense. Este periodo se caracteriza por la utilización de la piedra fracturada y tallada, la fabricación de cerámicas toscas, la realización de dibujos en cavernas y el uso primitivo del fuego. Los restos óseos fosilizados confirman su existencia, aunque no siempre proporcionen una imagen exacta y definitiva de su conformación física.

Basándose en estos datos paleontológicos, tradicionalmente se distinguen dos grandes tipos de homínidos desigualmente evolucionados. El más antiguo, el dolicocéfalo (de frente huidiza, mandíbula prominente y arcos superciliares muy marcados), presentaba un aspecto casi bestial; medía alrededor de un metro cincuenta, con un tronco macizo y extremidades cortas. El segundo tipo, el braquicéfalo, poseía una estructura craneal que lo acercaba más al ser humano moderno. Su postura erguida evidencia una lenta evolución morfológica, acompañada de un desarrollo intelectual progresivo que está directamente ligado al aumento de la capacidad cerebral.

Antiguo mercado de granos

La presencia del ser humano en el territorio de los gábalos se remonta así a más de 3.000 años antes de nuestra era. Estas poblaciones descendían sin duda de las lejanas tribus galas procedentes de Oriente. Como consecuencia de un fuerte crecimiento demográfico y por estricta necesidad de subsistencia, habrían iniciado una larga migración hacia Occidente, deteniéndose finalmente frente al océano, donde se toparon con las poblaciones de origen ibérico que ya habitaban en el lugar. Estos distintos pueblos, con rasgos físicos muy marcados y diferentes (unos altos, rubios y de ojos azules; los otros más fornidos, morenos y de ojos oscuros), habrían acabado por mezclarse y fusionarse con el paso de las generaciones.

La tribu establecida en la tierra de los gábalos abandonó progresivamente su modo de vida nómada para sedentarizarse. Convertidos en pastores, agricultores y artesanos, estos hombres desarrollaron un apego muy profundo a la vida familiar. Su crecimiento demográfico, sin embargo, se vio frenado por un clima riguroso, la escasez de tierras fértiles y, a veces, la falta de alimento. Debido a su extremo aislamiento geográfico, su linaje se conservó prácticamente intacto. Eran personas valientes, emprendedoras y generosas, pero también burlonas, impulsivas y muy dadas a las disputas. Profundamente apegados a su libertad e independencia, se convirtieron en orgullosos patriotas: eran los gábalos, los irreductibles habitantes de la provincia de Gabalum.

La historia de Langogne está indisociablemente ligada a la del Gévaudan. Su administración política y sus creencias religiosas hundían sus raíces en las tradiciones de la nación gala, fundamentadas en el clan y en la familia. Estas tribus locales elegían a un magistrado supremo (el «vergobret»), y la asamblea de estos jefes constituía un poderoso senado encargado de la administración general. El pueblo también elegía a sus propios jefes militares y religiosos.

Vidriera religiosa

Su religión giraba en torno a dos divinidades primordiales: la Tierra y el Cielo, complementadas por una multitud de dioses y cultos específicos. Veneraban con fervor los manantiales (el dios burbujeante), el trueno (Taranis), el sol (Belenos), la guerra (Esus), así como al espíritu protector del hogar (Teutatès). El culto sagrado recaía en una jerarquía estricta: los misteriosos druidas, los bardos, los vates y ciertas druidesas que a menudo eran equiparadas a hadas.

Profundamente apegado a sus creencias ancestrales, satisfecho con su sistema administrativo y orgulloso de su patriotismo, el pueblo de los gábalos rechazaba de forma categórica cualquier intromisión extranjera en su territorio. Defendía su tierra con las armas en la mano, apoyándose en una vasta red de castra (campamentos fortificados) ubicados en las cimas más elevadas. Estas fortalezas naturales servían como refugios inexpugnables, pero también como estratégicos puntos de reunión para lanzar violentas expediciones de castigo contra las tribus rivales (como los helvios, que se habían convertido en dóciles aliados de Roma) o para brindar ayuda militar a los arvernos cuando estos eran atacados por las legiones romanas.

Cuenta la Historia que cerca de treinta mil guerreros gábalos habrían partido, con toda probabilidad desde el imponente oppidum del Mont-Milan, para ayudar a los arvernos de Vercingétorix en la guerra contra Julio César. Derrotados por la infernal maquinaria de guerra romana, tuvieron que capitular y entregar rehenes, pero sorprendentemente fueron enviados de vuelta a sus hogares en lugar de ser pasados por la espada o reducidos a la esclavitud. Esta concesión, magnánima y astuta, por parte del gran estratega romano, terminaría por facilitar la sumisión total y pacífica del rudo territorio de los gábalos ante el ejército de César.

A partir de entonces, los romanos se asentaron de forma permanente y sometieron al pueblo destruyendo sistemáticamente el druidismo, el cual funcionaba en realidad tanto como una corporación política que como una simple religión. Persiguieron sin piedad a los druidas, que eran los verdaderos guardianes del patriotismo y del espíritu guerrero de las masas celtas. Los invasores romanos impusieron su propio politeísmo, una religión de Estado que llegaba hasta el punto de divinizar, con un marcado carácter idólatra, a sus propios emperadores. Hubo que esperar a la gran decadencia de Roma y al fulgurante auge del cristianismo para que aquel anacrónico sistema terminara derrumbándose.

Cuando el cristianismo procedente de Oriente llegó a la Galia a través de los enclaves comerciales del Mediterráneo, el pueblo acogió esta nueva fe con un enorme entusiasmo, pues aportaba un mensaje irrefrenable de liberación, de libertad y de fraternidad universal. Tras algunas vacilaciones estructurales, la Iglesia católica calcó su propia organización sobre la temible estructura administrativa romana. Las primeras comunidades cristianas empezaron a organizarse y eligieron a los sacerdotes que consideraban más dignos, quienes, a su vez, elegían a los obispos. Pese a la aparición de herejías, de cismas y a la violencia de las persecuciones, la religión cristiana (primero tolerada y luego adoptada plenamente por el emperador Constantino) logró implantarse con gran solidez. A medida que el poder de Roma se desmoronaba irremediablemente, la Galia encontró la oportunidad histórica de librarse de un yugo que la venía oprimiendo desde hacía varios siglos. El pueblo de los gábalos, después de haber atravesado todas las vicisitudes de su Historia, volvía por fin a resurgir, ya emancipado y católico.